Mundo Fusion

viernes, marzo 24, 2017

Con la frente marchita...


"No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió..."
(Joaquín Sabina)

lunes, marzo 20, 2017

The Mummer's Dance...



"Cuenta la leyenda que el origen de la primavera está en el regreso de la Diosa Perséfone del inframundo a la superficie, a la tierra, entonces las flores muestran sus mejores colores, pero cuando regresa a los infiernos también las flores mueren de tristeza.

Perséfone diosa de la fertilidad y el trigo es hija de Zeus.

La joven diosa se encontraba recogiendo flores con las ninfas cuando súbitamente se abre la tierra y el Dios Hades, su tío y Dios de los Infiernos, la secuestra y se la lleva a su reino.

Es que Hades, Dios de los muertos, cuyas almas custodia en su reinado y les frena el regreso al mundo de los vivos, se había enamorado de su sobrina, hija de su hermano Zeus.

Dicen algunas leyendas, que precisamente fueron Zeus y su esposa Deméter quienes aprobaron que su hija fuese llevada al inframundo, donde sería coronada Reina de los Infiernos, y así fue.

Hades asistido por demonios y genios, reina en los Infiernos, sobre los muertos, siendo un amo despiadado que no permite volver a la tierra a ninguno de sus súbditos, los muertos.

Su nombre significa el Invisible, pero era sólo ocasionalmente mencionado, pues se temía incitar su cólera pues era implacable. Pero el hombre siempre ha encontrado la manera de lograr sus objetivos, aunque de formas ocultas y misteriosas. De esta manera le mencionaban por eufemismos y aludiendo a las riquezas inagotables de la tierra, tanto las de cultivada como las de las minas que encierra, se le llamaba Plutón que en la Grecia clásica significaba rico.

Cuenta la leyenda que la tristeza de Deméter, era inmensa por lo que su esposo Zeus se arrepintió y ordenó a Hades que devolver a su hija. Pero ya esta estaba encadenada a los mundos inferiores. Pero el Dios de los muertos estaba renuente y se buscaba una solución.

Entonces Zeus dispuso que la joven diosa pasara parte del año en los confines de la Tierra, junto a Hades y la otra parte sobre la tierra con su madre.

Así surgen las cuatro etapas climáticas: primavera, el verano, otoño e invierno. Durante seis meses otoño e invierno, la tierra queda estéril y reverdece durante la primavera y el verano, justo cuando Perséfone regresa a la superficie a vivir con su madre..."
(http://www.analitica.com/tendencia/el-dios-de-los-muertos-y-persefone-la-diosa-de-la-primavera/)

domingo, marzo 19, 2017

La Sacerdotisa del Mar...

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La Sacerdotisa del Mar
(Dion Fortune)
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"Me contó cómo, a través de su conocimiento de la Sacerdotisa de la Luna que había llegado hasta ella por medio de su cristal, había aprendido un extraño saber, perdido desde que el mundo se hizo sabio, o decía que lo había hecho. Este era el conocimiento interior e intuitivo de los antiguos y de los pueblos primitivos hasta nuestros días. Dijo como su alma era de antiguo linaje, que había vuelto a la tierra una y otra vez aprendiendo las lecciones de la tierra y finalmente ganando la libertad; y que había algunas almas, que no teniendo más necesidad de las lecciones terrenales, venían no a aprender sino a enseñar y creía que ella era una de ellas. Estas, decía ella no tenían un nacimiento ordinario, sino que se encarnaban mágicamente, esperando su hora hasta que las condiciones eran oportunas y entonces se deslizaban dentro.

Fue la mezcla de un bretón y un gales lo que propició las condiciones para que su peculiar alma pudiera venir, dado que ella creía que, de hecho, había sido Morgan Le Fay, la hermana bruja del Rey Arturo y que Merlin había sido su padre adoptivo.

La Madre de Arturo, la reina Uther era una princesa marina de Atlantis, así me contó, y se casó con un marido brutal por meras cuestiones comerciales, de tal manera que las puertas de las islas Tin pudieran abrirse a la gente de su padre. Merlin, que pertenecía al sacerdote atlante, llegó a Gran Bretaña con los barcos del estaño, para dirigir el culto, y Bell Knowle, siendo algo así como la montaña sagrada de la ciudad materna, había sido adaptada para este propósito. Al morir Uther la princesa del
Mar volvió con su gente y esposó a un hombre del clan sagrado y dio a luz a una hija.

Ahora esta hija, como era la costumbre entre ellos, tenía que ser llevada a la casa de las Vírgenes para ser entrenada; ya que a todos los niños del clan sagrado se los llevaba al templo cuando se daba el solsticio de invierno en el año en el que cumplían los siete años, y aquellos a los que se consideraba meritorios se les recluía dentro de los precintos del templo para que fueran entrenados; aquellos que no eran escogidos eran devueltos a sus familias hasta que tuvieran catorce años, y entonces a los varones se les hacía escribas o guerreros según ellos eligiesen, y las doncellas eran dadas en matrimonio a los hombres del clan y la muerte por tortura a aquél que la tomase. De una forma muy estricta se guardaba la sangre sagrada, ya que conllevaba el poder visionario. Pero las sacerdotisas no se casaban con ningún hombre, sino que se emparejaban con los sacerdotes como era requerido para los propósitos mágicos.

Y Morgan Le Fay me contó como llegó a la feminidad en la casa de las vírgenes, guardada y protegida como una abeja reina se le protege, sabiéndose apartada, y con el convencimiento de que las alegrías y los ligazones humanos no eran para ella; y cuando volvió a nacer como hija de Bretón y Celta la memoria permaneció con ella y ningún lazo humano la ató. Hubo momentos, decía cuando era jovencita, en los que buscó el amor, pero su destino se lo prohibía; y en seguida se dio cuenta de su destino y lo aceptó, y entonces la vida fue más fácil. Pero nunca pudo ser muy fácil, pienso, porque estaba en esta vida, pero no era de ella.

Después al llegar el poder de la visión llegó el despertar de la memoria y la vuelta del conocimiento olvidado.

Se consideraba a sí misma una sacerdotisa con los poderes del sacerdocio latente en su alma. Pero no había nadie que le enseñase y le entrenase, nadie que despertase sus poderes, excepto el sacerdote de la
Luna que llegaba a ella por el cristal, y él no era de este mundo.


Poco a poco aprendió y construyó, siempre disminuida por el hecho de que la magia Lunar requiere un aliado, y los aliados son siempre difíciles de encontrar. Así que, pensé yo, tenía razón cuando sentí que representaba el papel del esclavo sacrificado. Le pregunté a boca jarro que cual era la tarea exacta del compañero-aliado de la Sacerdotisa del
Mar, y que le ocurriría al final, y si era sacrificado. Ella contestó que de alguna manera sí, y que de alguna manera no, y que eso era todo lo que me diría. 

Según parecía, la Sacerdotisa del Mar era una especie de pitonisa y los dioses hablaban a través de ella. Siendo pitonisa era negativa, pasiva, no podía hacer magia por sí misma, sino que era un instrumento en las manos de los sacerdotes, y por muy perfecto que un instrumento pueda ser, no era más que un medio si no hay nadie para hacer uso de él.

"Entonces lo que necesitas le dije yo es un sacerdote perfectamente entrenado como director".


"Exactamente"


"¿Dónde vas a encontrarle?"


"Ese es mi problema, ella concluyó"..."





"Pero no me preocupa, " añadió "En estos asuntos el camino se va abriendo en la medida que tú avanzas. Subes un escalón y el siguiente se aplana."
 
"¿Y cuál es el siguiente peldaño?"
 
"El siguiente peldaño, dijo mirando fijamente al fuego sin mirarme a mí, es completar mi entrenamiento".
 
"¿Que es, qué?"
 
"Hacerme mi propia imagen como sacerdotisa..."

 

miércoles, marzo 15, 2017

El Paraíso Perdido....


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El Paraiso Perdido
(John Milton)
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"Mejor reinar en el Infierno que servir en el Empíreo..."


"(...)A lo que el Tentador repuso malicioso:
«¿De verdad? ¿Ha dicho Dios, pues, que del fruto
De estos árboles del Paraíso no podéis comer,
Mas os declara Amos de la tierra toda o aire?».
A quien Eva, todavía inmaculada: «Frutos nos permite
De cualquiera de los árboles en el Jardín,
Mas del fruto de este bello Árbol que hay en medio
Del Jardín, ha dicho Dios: “No probaréis
 De él, tampoco lo toquéis, no sea que muráis”».
Apenas lo dijera, breve, cuando más audaz ahora
            El Tentador, mas exhibiendo amor y celo
            Por el hombre, indignación por el agravio,
            Nuevo tono adopta y, cual movido a la pasión,
            Fluctúa perturbado, aún prudente, y teatral
            Se eleva como a dar comienzo a gran materia.
            Como aquellos oradores de renombre, antiguamente,
            En Atenas o en la Roma libre, donde la elocuencia
            Floreció —después silente—, defendiendo causa grande,
            Aguardaba concentrado, mientras cada parte,
            Movimiento, cada gesto, le ganaba audiencia
            Antes que su lengua comenzase épica: demora
            De prefacio no le admite el ansia justiciera.
            Así erguido, removiéndose, alzando envergadura,
            Apasionado el Tentador así empezó:

            «Oh sagrada, sabia, planta que saber otorgas,
            Madre de la ciencia, ahora siento tu poder
            En mí con claridad, no sólo en discernir
            Las cosas en sus causas, sino hallar la vía
            De mayúsculos Agentes, sabios que se piensen.
            Reina de este Universo, no te creas
            Esas amenazas rígidas de muerte, pues no moriréis;
            ¿Cómo así? ¿Por el fruto? Os da la vida
            Del conocimiento. ¿Por quien amenaza? Mírame,
            Pues yo he tocado y he gustado, pero vivo
            Y vida más perfecta he conseguido que el destino
            Quiso, atreviéndome a vencer mi suerte.
            ¿Tendrá cerrado el hombre el camino abierto
            Al animal? ¿O acaso Dios en cólera arderá
            Por travesura tan pequeña, no elogiando,
            Antes bien, tu intrépida virtud, pues ni el daño
            Anunciado de la muerte, sea muerte lo que sea,
            Te impidió aspirar a lo que lleva a vida
            Más dichosa, el Saber del Bien y el Mal.
            ¿Del Bien? ¡Qué justo! ¿Del Mal?, si el Mal
            Existe ¿por qué no conocerlo, por mejor rehuirlo?
            Dios, por ello, no podría haceros daño, siendo justo;
            ¿Justo no?, tampoco Dios; no temido, no escuchado:
            Vuestro miedo de la muerte el miedo mismo extingue.
            ¿Por qué prohibido, pues, sino por asustar?
            ¿Por qué, sino por manteneros bajos e ignorantes,
            Sus devotos?, porque sabe que en el día
            Que comáis de él, vuestros ojos, que parecen claros
            Mas son turbios, se abrirán entonces,
            Claros por completo, y seréis cual Dioses,
            Del Bien y Mal conocedores como ellos.
            Que seáis vosotros Dioses, si hombre yo,
            Hombre interno, expresa proporción:
            De bruto yo a humano; de humanos, Dioses.
            Así, quizá muráis después de todo, desnudándoos
            Del hombre por vestir al Dios: deseable muerte,
            Aunque usada por coacción, no trayendo fin peor.
            ¿Y qué son los Dioses, que no pueda ser el hombre
            Igual, si participa de divinos alimentos?
            Los Dioses fueron antes y usan su ventaja
            Para convencernos de que todo viene de ellos.
            Yo lo dudo, pues veo esta Tierra bella
            Calentada por el Sol, gestando toda especie:
            Ellos nada. Si ellos todo, ¿quién guardó
            En este Árbol el Saber del Bien y el Mal,
            Que así quien come de él, de súbito consigue
            Conocer sin su permiso? ¿Y dónde está
            La ofensa, en que el hombre sepa?
            ¿En qué lo dañaría vuestra ciencia, o este Árbol
            Qué daría en contra de él, si todo es suyo?
            ¿O es envidia, y podrá morar la envidia
            En pecho empíreo? Esta, esta idea y muchas más
            Indican cuánto necesitas el hermoso fruto.
            Diosa humana, toma de él y, libre, pruébalo..."


 "(...)Aquí se tuvo; y el Arcángel pronto estuvo cerca,
            No en su forma celestial, sino cual hombre guarnecido
            Para trato humano; sobre la armadura refulgente,
            Su gonela militar de púrpura fluida le caía
            Más brillante que la melibea, o la púrpura
            De Sarra, que llevaron reyes, héroes en lo antiguo,
            En las épocas de tregua; Iris misma la tiñera.
            Su yelmo astral deshebiliado lo mostraba joven,
            En la cima de su lozanía; a un costado,
            Como en fúlgido zodiaco, la espada le pendía,
            El terror de Satanás, y portaba lanza en mano.
            Se inclinó Adán sumiso; regio el otro, obvió
            La reverencia, declarando así su cometido:
            «Adán, mandato celestial no exige prólogo:
            Baste pues que tus plegarias son oídas y la Muerte,
            Por sentencia merecida al transgredir,
            Hurtada es de su presa muchos días,
            Para ti de gracia, en que podrás arrepentirte
            Y una mala acción cubrir con múltiple bondad.
            Bien puede que, aplacado Dios entonces,
            Del voraz imperativo de la Muerte te redima;
            Mas que sigas habitando en este Paraíso
            No lo acepta. He venido a desterrarte,
            Y expulsarte del Jardín a cultivar la tierra
            De que fuiste tú formado, suelo más acorde..."
 
"Vivamos pues aquí, caídos mas contentos..."


 

martes, marzo 14, 2017

El Ángel Herido...



"El ángel herido (en finlandés Haavoittunut enkeli) es una pintura del pintor finlandés Hugo Simberg. Es una de las mayores obras reconocidas de los trabajos de Simberg, y fue votada en Finlandia "La Pintura Nacional" en una votación sostenida por el museo Ateneum de arte en 2006.

La figura central del ángel tiene una venda alrededor de sus ojos y rastros de sangre sobre su ala. Los dos portadores jóvenes aparecen vestidos en colores sombríos, como si estuviesen de luto, y el de la derecha mira fija y directamente desde la pintura al espectador con una expresión seria.

Simberg coherentemente rehusó ofrecer cualquier explicación del significado detrás de sus pinturas. Al contrario, él sintió que era importante que el espectador fuera libre de sacar sus propias conclusiones basadas en el simbolismo. Simberg había estado sufriendo de meningitis, y la idea para la pintura vino a él en aquel tiempo. Fue una fuente de fuerza durante su recuperación.

Cuando Simberg fue escogido para pintar los frescos de la Catedral de Tampere en 1905 y 1906, uno de ellos fue una versión mayor de El ángel herido, que él siempre consideró su pintura favorita..."
(https://es.wikipedia.org/wiki/El_%C3%A1ngel_herido)

lunes, marzo 13, 2017

El Fantasma de la Opera...

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El Fantasma de la Ópera
(Leroux Gaston)
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PREFACIO

"Donde el autor de esta obra singular cuenta al lector cómo se vio obligado a adquirir la certidumbre de que el fantasma de la Ópera existió realmente.

El
fantasma de la ópera existió. No fue, como se creyó durante mucho tiempo, una inspiración de artistas, una superstición de, directores, la grotesca creación de los cerebros excitados de esas damiselas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los encargados del vestuario y de la portería.

Sí, existió, en carne y hueso, a pesar de que tomara toda la apariencia de un verdadero
fantasma, es decir de una sombra.

Desde el momento en que comencé a compulsar los archivos de la Academia Nacional de Música, me sorprendió la asombrosa coincidencia de los fenómenos atribuidos al
fantasma, y del más misterioso, el más fantástico de los dramas; y no tardé mucho en pensar que quizá se podría explicar racionalmente a éste mediante aquéllos. Los acontecimientos tan sólo distan unos treinta años, y no sería nada difícil encontrar aún hoy, en el foyer ancianos muy respetables, cuya palabra no podríamos poner en duda, que recuerdan, como si la cosa hubiera sido ayer, las condiciones misteriosas y trágicas que acompañaron el rapto de Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cuerpo fue hallado a orillas del lago que se extiende bajo la ópera, del lado de la calle Scribe. Pero ninguno de estos testigos creía hasta ahora oportuno mezclar en esta horrible aventura al personaje más bien legendario del fantasma de la ópera.

La verdad tardó en penetrar mi cabeza, alterada por una investigación que a cada momento tropezaba con acontecimientos que, a primera vista, podían ser juzgados de extraterrestres, y más de una vez estuve a punto de abandonar una labor en la que me extenuaba persiguiendo, sin alcanzar jamás, una vana imagen. Por fin tuve la prueba de que mis presentimientos no me habían engañado, y fui recompensado de todos mis esfuerzos el día en que adquirí la certidumbre de que el
fantasma de la ópera había sido algo más que una sombra.

Ese día, había pasado largas horas leyendo las Memorias de un director, obra ligera del excesivamente escéptico Moncharmin, que no comprendió nada, durante su paso por la ópera, de la conducta tenebrosa del
fantasma, y que se burló de él todo lo que pudo, en 'el preciso momento en que era la primera víctima de la curiosa operación financiera que acontecía en el interior del «sobre mágico».

Desesperado, acababa de abandonar la biblioteca cuando encontré al amable administrador de nuestra Academia Nacional que charlaba en un rellano con un viejecillo vivo y pulcro, a quien me presentó alegremente. El señor administrador estaba al corriente de mis investigaciones y sabía con qué impaciencia había intentado descubrir el paradero del juez de instrucción del famoso caso Chagny, el señor Faure. Se ignoraba qué había sido de él, vivo o muerto. Y he aquí que, a su vuelta del Canadá, donde había pasado quince años, su primera salida en París había sido para solicitar un pase de favor a la secretaría de la Ópera. Ese viejecillo era el señor Faure en persona.

Pasamos juntos buena parte de la tarde y me contó todo el caso Chagny tal como lo había entendido él anteriormente. Se había visto obligado a llegar a la conclusión, falto de pruebas, por la locura del vizconde y la muerte accidental del hermano mayor, pero seguía convencido de que un drama terrible se había producido a causa de Christine Daaé entre los dos hermanos. No supo decirme qué había sido de Christine ni del vizconde. Por descontado, cuando le hablé del
fantasma, se limitó a reír. 

También él había estado al corriente de las curiosas manifestaciones que parecían entonces atestiguar la existencia de un ser excepcional que hubiera elegido por domicilio uno de los rincones más misteriosos de la ópera, y había conocido la historia del «sobre», pero no había visto en todo esto nada que mereciera la atención de un magistrado encargado de instruir el caso Chagny, y apenas escuchó unos instantes la declaración de un testigo, que se había presentado espontáneamente para afirmar que en una ocasión se encontró con el fantasma. Ese personaje —el testigo— no era otro que aquel al que todo París llamaba «el Persa», y que era bien conocido por todos los abonados a la Opera. El juez lo había tomado por un iluminado.

Podéis imaginaros hasta qué punto me interesó historia del Persa. Quise encontrar, si aún había tiempo, a este precioso y original testigo. Llevado por mi buena fortuna, conseguí descubrirlo en su pequeño piso de la calle de Rivoli, al que no había abandonado desde aquella época y donde moriría cinco meses después de mi visita.

Al principio desconfié; pero cuando el Persa me hubo contado, con su candor de niño, todo lo que sabía personalmente del
fantasma, y explicado con toda propiedad las pruebas de su existencia, y sobre todo la extraña correspondencia de Christine Daaé, correspondencia que aclaraba con luz deslumbrante su espantoso destino, ya no me fue posible dudar. ¡No, no! El fantasma no era un mito.

Sé muy bien que se me replicó que toda esta correspondencia podía no ser auténtica, y que muy posiblemente podía haber sido fabricada por un hombre cuya imaginación se había alimentado ciertamente de los cuentos más seductores. Pero, por fortuna, me fue posible encontrar muestras de la letra de Christine fuera del famoso paquete de cartas y, como consecuencia, desarrollar un estudio comparativo que esfumó todas mis dudas.

Me documenté igualmente acerca del Persa y he podido apreciar que es un hombre honrado, incapaz de inventar una maquinación que hubiera podido confundir a la justicia.

Tal es la opinión de las más grandes personalidades que estuvieron mezcladas de cerca o de lejos en el caso Chagny, que fueron amigos de la familia, y a las cuales expuse todos mis documentos y desarrollé mis deducciones. Recibí de ellos los más nobles alientos, y al respecto me permitiré reproducir algunas líneas que me fueron dirigidas por el general D…

Señor:
No puedo sino incitarlo a publicar los resultados de su investigación. Me acuerdo perfectamente de que algunas semanas antes de la desaparición de la gran cantante Christine Daaé, y del drama que enlutó a todo el barrio de Saint-Germain, se hablaba mucho, en el foyer de la danza, del
fantasma; y creo firmemente que no se dejó de hablar de él hasta después de cerrar ese caso que ocupó todos los espíritus. Pero si es posible, como pienso después de haberle oído a usted, explicar el drama mediante el fantasma, le ruego, señor, que volvamos a hablar del fantasma. Por misterioso que éste pueda parecer al principio, siempre será más explicable que esa historia oscura con la que gentes mal intencionadas quisieron ver destrozarse hasta la muerte a dos hermanos que se adoraron toda la vida…

Con mis mayores respetos, etcétera.

Por último, con mi dossier en mano, volví a recorrer el vasto dominio del
fantasma, el formidable monumento del que había hecho su imperio, y todo lo que mis ojos habían visto, todo lo que mi espíritu había descubierto, corroboraba admirablemente los documentos del Persa, cuando un hallazgo maravilloso vino a coronar de forma definitiva mis trabajos.

Como se recordará, últimamente, excavando en el subsuelo de la Opera para enterrar allí las voces fonografiadas de los artistas, el pico de los obreros puso al desnudo un cadáver. Pues bien, ¡pude demostrar que era el cadáver del
Fantasma de la Ópera! Hice tocar con la mano esta prueba al mismo administrador, y ahora me es indiferente que los periódicos cuenten que se ha encontrado allí una de las víctimas de la Comuna.

Los desventurados, que fueron aniquilados durante la Comuna en los sótanos de la ópera, no están enterrados por ese lado; yo diré dónde pueden encontrarse sus esqueletos, no muy lejos de la inmensa cripta en la que habían acumulado, durante el asedio, todo tipo de provisiones. Me puse sobre este rastro precisamente buscando los restos del
fantasma de la ópera, al que hubiera encontrado de no ser por la inaudita casualidad del enterramiento de las voces vivas.

Pero volveremos a hablar de este cadáver y de lo que conviene viene hacer con él; ahora me interesa terminar este prólogo, muy necesario, agradeciendo las comparsas excesivamente modestas que, como el comisario de policía Mifroid (en otro tiempo llamado para las primeras investigaciones después de la desaparición de Christine Daaé, como también el antiguo secretario señor Rémy, el antiguo administrador señor Mercier, el antiguo profesor de canto señor Gabriel y, más especialmente, la señora baronesa de Castelot-Barbezac, que fue en otro tiempo «la pequeña Meg» (de lo que no se avergüenza), la estrella más encantadora de nuestro admirable cuerpo de ballet, la hija mayor de la honorable señora Giry — antigua acomodadora, ya fallecida, del palco del
fantasma—, me fueron de gran utilidad, y gracias a los cuales voy a poder revivir, junto con el lector, hasta en sus mínimos detalles, estas horas de puro amor y de espanto..."